
desde que tengo recuerdos, cada época tiene su respectivo aroma. a veces el que viene de miles de toallas impecablemente blancas, un aire dulce y algodonado, con una gota de suavizante y el temido recuerdo de unas tostadas recién hechas. otras, el de los pisos de santa fé, un frío olor a cera pulida que hace que las suelas de goma de mis desatados zapatos escolares emitan chilliditos que rebotan patinando hasta estallar contra las paredes angulosas. incluso el agrio pincelazo que el perfume de mi madre deja en el tubo del teléfono, o el rojo aroma a maquillaje que me queda en las manos después de limiparme sus besos de los cachetes. jazmines de leche, pasto recién cortado muy temprano en una madrugada cualqueira, congelada, con un poco del frío fantasmita de talco que flota bajo mis propias narices. por momentos también esa mezcla en la piel de off y rayito de sol que queda después de una tarde de verano andando en bicicleta. blem recién lustrado sobre la madera de una mesa que ahora está al sol. otros jazmines, el denso aire caliente del balcón, y el humo de una vara de estrellitas recién apagadas con turrones y champagne de fondo. el húmedo frío de algún sótano escolar. engrudo para el papel maché, acuarelas y la gomaeva de las formitas de geometría. el intoxicante aroma de una caja nueva de crayones. té con leche y cuatro de azúcar. madera mezclada con café en algún barcito de viejos, con ventanas a la avenida y que está sin embargo en completo silencio. el cuarto de él, por las mañanas, cuando hace frío afuera y el sol prende las ventanas que nunca tapamos. todos se fueron apagando de a uno, "no tengo más nada que hablar contigo", dijeron. sin embargo me sorprenden sin falta, para que me entere bien enterada de que su entonces no puede nunca más volver a ser un ahora. así es, que desde que tengo recuerdos, viajo con ellos todos los días.
