22.2.08

Como al final de una caída, llego el momento en que, ya cerca del suelo, se dio cuenta conscientemente de que se iba a lastimar. La certeza, muy tranquila, le picaba bajito en la parte de atrás de la piel. Sus uñas se preparaban para lucharlo, los dientes ansiaban morderlo y sobre todo las manos necesitaban extrangularlo. Deshacerlo. En muchas, no, infinitas partes, todas y cada una, inofensivas. Convencido y sumamente listo, cuando el momento llegó, en cambio, se dejó caer. Las uñas se llenaron de tierra, los dientes se apretaban dentro de la boca y las manos sentían el vacío que recorría el pescuezo hasta clavársele en la nuca. Permaneció echado allí unos días, mirando de tanto en tanto el ardiente sol, convencido de que tenía las fuerzas para levantarse y seguir adelante. Esperó un tiempo, y se prometió en silencio no hacerlo, no arriesgarse a subir nuevamente, hasta que el vació terminara de perforarlo. No subir hasta ser todo él vacío, y estar todo él dispuesto a llenarlo.