2.11.06

Branquias


Dudaste un momento, dos. Tomaste la mano resignado a la certeza de lo que vendría. Disfrutándola, sufriéndola. La llevabas del brazo como aquella vez que silenciosamente hurgaste en los rincones de tu imaginario para encontrar sus piernas abiertas y su mano, tomada a la tuya, anudada en nudo mudo. Y tu mirada buscando, tus manos buscando, rascando las vísceras de su carne, llenándote de sus bocados con la boca llena y la cara llena, de carne llena y de ella tu boca. Ciega. Cegada marchaba, copiando tu paso. Obediente, sumisa. Esto es destacable; todavía temprana, blanda y blanca, era la calidez de una manta, el abrazo de un colchón. Así era y así te seguía. Obliterada a su necesidad de ser quebrada, mordida y masticada; así, como dormida. Frente a tu espalda. Y como manto y cama te abrazaba; y a ella abrazado flotabas en el agua, agua tibia de laguna o algo así, una hamaca de algodón blanco y algodonado. Y estabas cómodo y te veía en tu comodidad, con su mirada que acariciaba tu vientre y tus rodillas. Fue justo entonces, cuando a contrapelo de tus torpes respiraciones la mano pellizcó tu garganta, así como cuando revisabas las entrañas pero las cerraba, las tapaba con sus uñas largas y rojas que brotaban de tus venas. Y cerraba tu boca y vomitabas su carne, cambiando bocanadas de su perfume barato en tu pelo, quebrando la espalda y ondulando como un pez, un pescado, sin párpados, secándote en la tierra crocante de la orilla.