15.3.10

como globo de nieve en navidad



desde que tengo recuerdos, cada época tiene su respectivo aroma. a veces el que viene de miles de toallas impecablemente blancas, un aire dulce y algodonado, con una gota de suavizante y el temido recuerdo de unas tostadas recién hechas. otras, el de los pisos de santa fé, un frío olor a cera pulida que hace que las suelas de goma de mis desatados zapatos escolares emitan chilliditos que rebotan patinando hasta estallar contra las paredes angulosas. incluso el agrio pincelazo que el perfume de mi madre deja en el tubo del teléfono, o el rojo aroma a maquillaje que me queda en las manos después de limiparme sus besos de los cachetes. jazmines de leche, pasto recién cortado muy temprano en una madrugada cualqueira, congelada, con un poco del frío fantasmita de talco que flota bajo mis propias narices. por momentos también esa mezcla en la piel de off y rayito de sol que queda después de una tarde de verano andando en bicicleta. blem recién lustrado sobre la madera de una mesa que ahora está al sol. otros jazmines, el denso aire caliente del balcón, y el humo de una vara de estrellitas recién apagadas con turrones y champagne de fondo. el húmedo frío de algún sótano escolar. engrudo para el papel maché, acuarelas y la gomaeva de las formitas de geometría. el intoxicante aroma de una caja nueva de crayones. té con leche y cuatro de azúcar. madera mezclada con café en algún barcito de viejos, con ventanas a la avenida y que está sin embargo en completo silencio. el cuarto de él, por las mañanas, cuando hace frío afuera y el sol prende las ventanas que nunca tapamos. todos se fueron apagando de a uno, "no tengo más nada que hablar contigo", dijeron. sin embargo me sorprenden sin falta, para que me entere bien enterada de que su entonces no puede nunca más volver a ser un ahora. así es, que desde que tengo recuerdos, viajo con ellos todos los días.

10.10.08

cuentas de cristal caen y se derriten en la piel. los vidrios se empañan y la espuma del jabón los limpia. una burbuja viaja por el aire hasta que se encuentra con la pared. el agua que crepta por la cara cada vez pesa más. hay un rumor de gotas rebotando que invoca palabras, palabras y gotas se arremolinan y flotan en el aire disolviendo el vapor. desaparecen. cada hilera viaja en cámara lenta como azúcar rosa de algodón. otra burbuja se muere. no hay desperdicio.

2.5.08

22.2.08

Como al final de una caída, llego el momento en que, ya cerca del suelo, se dio cuenta conscientemente de que se iba a lastimar. La certeza, muy tranquila, le picaba bajito en la parte de atrás de la piel. Sus uñas se preparaban para lucharlo, los dientes ansiaban morderlo y sobre todo las manos necesitaban extrangularlo. Deshacerlo. En muchas, no, infinitas partes, todas y cada una, inofensivas. Convencido y sumamente listo, cuando el momento llegó, en cambio, se dejó caer. Las uñas se llenaron de tierra, los dientes se apretaban dentro de la boca y las manos sentían el vacío que recorría el pescuezo hasta clavársele en la nuca. Permaneció echado allí unos días, mirando de tanto en tanto el ardiente sol, convencido de que tenía las fuerzas para levantarse y seguir adelante. Esperó un tiempo, y se prometió en silencio no hacerlo, no arriesgarse a subir nuevamente, hasta que el vació terminara de perforarlo. No subir hasta ser todo él vacío, y estar todo él dispuesto a llenarlo.

9.1.08

el soñar nonséns

mi hermana ** vive en el departamento donde crecí (pero ahora), y no quiere que le diga a nadie que ahí vivia yo (pero antes), voy a todas las habitaciones, hasta la última de todas, la mas lejana, discuto con padre y me siento sobre la mesada, voy al baño, el mas chico de los baños, una nena tiene su dormitorio en la habitacion que da a la cocina, y alguien tiene un regalo para mí, lo envuelven, ** me quiere besar, pero beso de novios, yo le saco la cara, entonces me dan otro regalo, cigarros cubanos, pero mi regalo esta envuelto en el cuarto de la nena, y no se si es un regalo o no, está en el armario, son unos troncos. corte a que me voy a encontrar con dos amigos en un barcito, me pido un café, no vienen, llamo por teléfono; uno se quiso ir, me enojo, se fueron o se estaban yendo; se van. me siento en una mesa, en otra, la gente se sienta cerca para comer, pido comida: pizza y cerveza, son once pesos pero me cobran dieciséis. hago un llamado o escribo, estoy en san telmo y hagamos algo, la respuesta de él es larga, que en treinta llega a casa y en treintaidos me contesta, pero después el celular es una pierna, el mensaje es muy largo y no lo puedo terminar de leer; pido la cuenta y el mozo la saca de un bolsillo en los tobillos del pantalón.

2.11.06

Branquias


Dudaste un momento, dos. Tomaste la mano resignado a la certeza de lo que vendría. Disfrutándola, sufriéndola. La llevabas del brazo como aquella vez que silenciosamente hurgaste en los rincones de tu imaginario para encontrar sus piernas abiertas y su mano, tomada a la tuya, anudada en nudo mudo. Y tu mirada buscando, tus manos buscando, rascando las vísceras de su carne, llenándote de sus bocados con la boca llena y la cara llena, de carne llena y de ella tu boca. Ciega. Cegada marchaba, copiando tu paso. Obediente, sumisa. Esto es destacable; todavía temprana, blanda y blanca, era la calidez de una manta, el abrazo de un colchón. Así era y así te seguía. Obliterada a su necesidad de ser quebrada, mordida y masticada; así, como dormida. Frente a tu espalda. Y como manto y cama te abrazaba; y a ella abrazado flotabas en el agua, agua tibia de laguna o algo así, una hamaca de algodón blanco y algodonado. Y estabas cómodo y te veía en tu comodidad, con su mirada que acariciaba tu vientre y tus rodillas. Fue justo entonces, cuando a contrapelo de tus torpes respiraciones la mano pellizcó tu garganta, así como cuando revisabas las entrañas pero las cerraba, las tapaba con sus uñas largas y rojas que brotaban de tus venas. Y cerraba tu boca y vomitabas su carne, cambiando bocanadas de su perfume barato en tu pelo, quebrando la espalda y ondulando como un pez, un pescado, sin párpados, secándote en la tierra crocante de la orilla.

30.10.06

la brisa lo alejó por un instante

- pero en la calma del aire me dí cuenta
de que me había acostumbrado
a su agrio y penetrante olor.

basta con pasar por esa calle - tropezar con el mismo adoquín
(a propósito?)
para que vuelva.


unas hormigas hacen fila para pasar por las ranuras descuajadas de la pared,

y lo que veo sigue su transcurso en una nebulosa de colores

tan brillantes y saturados

que se caen del papel.

me acuerdo un recuerdo,
un presente

paralelo.


estabas ahí. te rociaste en mi piel y aunque traté de limpiarte me gritaste que te quedabas. mientras, yo escurría mi vestido, torcido.

en eso, el aroma se cortó con el aleteo de sonrisas echas mariposa.

agridulce. lo sentí en mi brazo al abrir la ventana, y la brisa lo alejó por un instante.